¡Signos de Puntuación!
El día de hoy aprenderemos a diferenciar los signos de puntuación en un texto, espero que les guste y aprendan mucho. ¡Disfruten!😊
Atte. Ingrid Daniela
Simbología:
1- Punto y seguido 2- Punto y aparte 3- Coma
Capítulo
1
Tres, dos, uno. Al principio
todo es sonido, el chirrido de las ruedas
en los rieles de hierro, el
desplazamiento del aire conforme el tren se aproxima a toda velocidad. Su
aliento caliente te revuelve el cabello. Miras fijamente la oscura panza del
tren, toda metal, tuberías y cables.
Finalmente; reduce
la velocidad hasta detenerse en la estación,
pero aún te toma unos segundos procesarlo: todavía yaces ahí, solo algunos centímetros por debajo del tren.
Aún estás viva. Arriba, en la plataforma,
la mujer de cabello negro no puede creer lo que ha visto. Ahora, mientras el
conductor desciende del carro de enfrente, su rostro se ve surcado por las
lágrimas. «Hay
una chica ahí debajo. ¡¿Que no ve?! ¡Hay una chica!», grita.
El conductor solo está
pensando: Estaba acostada, no podía
moverse, ¿por qué estaba acostada? Esta
es la cuarta que ha visto en veintiséis años, pero
las tres anteriores fueron diferentes. No eran como ella. Algunas permanecieron
de pie, otras se arrojaron. Otras habían
caído y tratado de alcanzar de nuevo la plataforma. Pero ella solo había
permanecido acostada. Acomodada de manera tan específica, con los brazos cruzados sobre el pecho, los hombros encajados entre los rieles. Es muy
extraño, piensa; como si alguien la hubiera dejado ahí.
Desde abajo del tren puedes
oír que la mujer grita. Su voz se quiebra,
y un hombre intenta consolarla. Unas sombras se mueven en el espacio que queda
entre el vagón del tren y el bordillo de la plataforma. Suena una campana y la
gente se aleja; los pasos se
entremezclan con preguntas.
—Estoy bien —gritas. Tu voz te
sorprende. Es aguda y áspera, como la de
un niño.
En la plataforma, un hombre repite tus palabras. «¡Está bien!». Se ha abierto paso
al frente de la muchedumbre y se arrodilla apenas unos palmos arriba.
El conductor grita:
—¿Estás herida?
A primera vista, parece aceite por la forma en que escurre por un
lado de tu antebrazo y se acumula en tu blusa. La sangre es oscura, casi negra. Pero no sientes dolor alguno, solo una sensación de ardor, como si estuvieras parada demasiado cerca de un
radiador.
—Estoy bien —repites.
El tajo no debe tener más de
diez centímetros de largo; no parece
muy profundo.
El conductor debate con un
colega si hacer retroceder el tren o no. Se comunican por radio a las oficinas
centrales para consultar, mientras la
mujer del corte de pelo severo llama al 911,
dando una descripción frenética de la situación. Están enviando ayuda.
Se siente como si hubieras
estado ahí desde siempre. No puedes mirar la panza del tren sin sentir ganas de
gritar. En cambio; cierras los ojos, tratando de recoger los brazos hacia ti, ampliando el espacio para no sentirte tan
atrapada. Es automática la manera en que moderas tu respiración, llevando la cuenta,
permitiendo que apenas un delgado soplo de aire pase por tus labios
entreabiertos.
Al fin se escucha la sirena de
una ambulancia, el sonido de los
paramédicos ensamblando cosas arriba en la plataforma. Luego gritan en todas
direcciones, diciéndote dónde poner tus
brazos, tus piernas, como si fueras a atreverte a hacer un
movimiento. El tren finalmente retrocede. Miras pasar la parte inferior de los
carros del subterráneo, hasta que no
queda nada encima de ti sino aire. La sensación ha regresado a tus piernas.
Eres capaz de sentarte, pero dos hombres en uniforme saltan del borde de la
plataforma con una camilla, y te levantan en ella. Solo entonces notas la
mochila negra a tus pies.
—¿Qué sucedió? ¿Cómo llegaste
hasta ahí? —pregunta uno de los paramédicos mientras te izan hacia la plataforma.
Echas un vistazo a tu
vestimenta; te quedas mirando un
cuerpo que te parece completamente desconocido. El frente de tu camiseta está
empapado en sangre. Llevas unos jeans y zapatos nuevos. Los cordones están
tiesos, de un blanco eléctrico.
—No lo sé —dices, incapaz de situar la hora del día o de describir
siquiera un detalle de tu vida. Solo está este momento, nada más.
—¿No te acuerdas? ¿Cómo te
llamas? —el otro paramédico es un hombre bajo y robusto, con tatuajes que trepan por su brazo derecho. La
visión de dos calaveras con rosas enroscándose a su alrededor desata algo en
ti. ¿Tristeza? ¿Aflicción?
Alzan la camilla hasta la
plataforma; uno empieza a sacar cosas
de su bolso. «Estoy
bien; estoy bien»,
repites mirando la escalera eléctrica a solo unos pasos de distancia. Es la
única salida.
Uno de los paramédicos arroja
una luz en tus ojos, luego en tu boca. Te
impulsas para sentarte, retorciéndote
fuera de la camilla hasta quedar en el piso de cemento. Jalas tu mochila para
acercarla. «No
necesito ayuda»,
dices. «Estoy
bien».
—Tú no estás bien —insiste el
paramédico—. ¿Cómo te llamas?
Una multitud se ha concentrado
a tu alrededor. Buscas en tu mente, pero
esta parece una habitación vacía, sin un
sofá con cojines que puedas voltear, sin
gabinetes o cajones en los cuales rebuscar. En cambio, alcanzas el cierre de la mochila,
fingiendo que sabes lo que hay en su interior.
Bolsitas con agua y comida, una manta,
una camiseta extra, una navaja de
bolsillo roja y un montón de artículos demasiado enterrados como para
alcanzarlos. Tus manos van de la pequeña libretita negra que está hasta arriba, a la pluma que está ensartada en su cubierta. En
la primera página hay una moneda de veinticinco centavos pegada con cinta
adhesiva. Debajo dice:
«Cuando estés sola,
llama al 818-555-1748. No acudas a la policía».
Referencia:
Anna
Carey. (2019). Blackbird Perseguida (1.1, Vol. 1). Titivillus.
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